Sergio Monje

Algo casi inconcebible: vista general de la instalación

Algo casi inconcebible

2025 , Polietileno expandido, MDF, madera de abeto, resina UV de impresión 3D, figuras de plástico, instalación LED (398 × 94 × 45 cm)

Un modelo a escala 1:100 de un tramo de autopista atraviesa la sala, irrumpiendo con violencia, cortando el espacio de pared a pared. Por él transitan miles de personas: figuras de plástico blancas, producidas en masa y de mala calidad, ocupan el espacio que habitualmente es exclusivo del coche y la velocidad.

La escena es masiva y sobrecogedora: algo del orden del acontecimiento está sucediendo —impugnando las hipótesis del fin de la historia—, aunque no está muy claro el qué. Podría ser una gran movilización social, una diáspora, una huida de la catástrofe o el retorno a sus hogares de los palestinos desplazados. Podría ser una renuncia universal a los malestares provocados por las crisis múltiples y generalizadas del sistema, una procesión espiritual o el tránsito metafísico de un estado a otro. Podría ser algo que hoy no podemos concebir como posible.

Walter Benjamin explicaba que, durante la Revolución Francesa de 1830, los revolucionarios protagonizaron un punto de inflexión en el continuum de la historia: detuvieron el tiempo. Simultáneamente, en diversas calles de París, dispararon contra los relojes que se iban interponiendo en sus caminos. Estos relojes evocaban que eran tiempos absolutistas, y que inevitablemente, debían ser derrocados para dar paso a una nueva era.

Algo casi inconcebible –la muestra site-specific de Sergio Monje (Palma, 1994) en el espacio TACA–, trata precisamente de eso: de inscribir una grieta en la contemporaneidad. A medio camino entre la escultura expandida y la maqueta arquitectónica, con una influencia directa de los dioramas realistas –escenas que buscan capturar una historia concreta desde un hiperrealismo–, el artista presenta una pieza poliédrica: la ficción de un paisaje urbano con infinitas capas de lectura.

La autopista irrumpe en el white cube, atravesando de izquierda a derecha, y así como el espectador atraviesa el espacio, se sumerge en una atmósfera de asfalto, gasolina y aceite quemado. Otros elementos recuerdan que estamos ante una escenografía urbana: las líneas de circulación –continuas y discontinuas–, los arcenes, las barreras de hormigón y los carriles de incorporación. Sin embargo, esta infraestructura no es como cualquier otra: está ocupada por una masa uniforme de figuras antropomórficas que, dispuestas estratégicamente y con gran minuciosidad, transitan ilegalmente un espacio destinado al coche y a la velocidad. Blancas y de plástico, se caracterizan por la ausencia de atributos identificativos y por el avance persistente en una misma dirección, sin mirar atrás, como si se tratara de una procesión de las almas, un peregrinaje o un desplazamiento casi alienígena.

Con reminiscencias de los futuristas italianos, la autopista es la forma de la modernidad: estética y alegórica; perturbadora e inquietante. Una arquitectura no humana que funciona como un espacio liminal y de paso, que encarna normas invisibles y experiencias estandarizadas, evidenciando la destrucción de la distancia en manos de la globalización y el capitalismo latente. ¿Qué hacen estas personas aquí? ¿Quiénes son y adónde van? ¿Realmente están en silencio como en una procesión, o sus reivindicaciones contaminan el ruido ensordecedor de las autopistas? Las motivaciones siempre son diversas y pueden encontrarse en el miedo, la huida y el exilio; pero también en el retorno y la rebelión. La escena está atrapada en la historia del presente, reclamando una respuesta inmediata a los malestares contemporáneos.

Tal vez sean refugiados climáticos que han experimentado el colapso ecológico. Tal vez sean residentes en camino de ocupar el aeropuerto. O quizá sean palestinos desplazados que cruzan el corredor de Netzarim para regresar a sus casas destruidas y en ruinas tras el alto el fuego. Tal vez se trate de una respuesta a la extrema derecha o, como diría Hito Steyerl, a las tecnologías disruptivas que han sacudido violentamente a las sociedades y las relaciones humanas. Tal vez, al estilo de Martí Peran, represente la indisposición general de una sociedad que se medicaliza para seguir produciendo y que ve la fatiga como el inicio de una huelga. O quizás, simplemente, sean las fuerzas del realismo. En todo caso, una fuerza capaz de movilizar a estos actores, que convierten la autopista en un espacio público y transforman la potencialidad en una acción política.

Algo casi inconcebible es la invitación del artista Sergio Monje a pensar críticamente cómo podemos y cómo queremos habitar colectivamente la contemporaneidad. ¿Realmente puede darse “una revolución social y psíquica de magnitud casi inconcebible”? ¿Será este el fin de la historia o una nueva política por venir?

Texto comisarial de Clàudia Desile en TACA, 2025.

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